La Paz

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Paz. Es una palabra corta y sencilla. Simple. La paz no debe ser complicada ni rebuscada ni debería de ser un juego de poder ni de poderes. La paz nos pertenece. La paz está en nuestro ser. A pesar de todo lo que ocurra alrededor, a pesar de lo que nos remuevan el mundo, las personas, los problemas. A pesar del dolor, de la incertidumbre, de la impotencia. Todos tenemos un lugar en donde nos sentimos en paz.

Cerramos los ojos y nos viene a la mente un lugar quizá visitado hace muchos años, una brisa, un sonido, una música, un aroma, el recuerdo de los brazos de la madre, del padre o del ser querido, ese cobijo de amor en dónde no puede ocurrirnos absolutamente nada. El hombro de un amigo. El rincón en que te aíslas para no escuchar, no sentir, no saber. Y entrar en ti. Respira. Respira.

La paz depende mucho de nosotros. Como individuos y como sociedad. Es un derecho, no un privilegio. No nos podemos dejar arrebatar la paz. En el otro extremo, mirándose cara a cara, como hermano oscuro, ya sabemos quién está.

Tú te posicionas y caminas hacia la paz.

Cuando era niña creía que la guerra era cosa del pasado, las historias y el horror que contaban los abuelos acerca de la guerra civil en nuestro país, y creía con fervor, con devoción, que nunca, nunca más iba a haber una guerra. No podía volver a ocurrir algo tan terrible.

La primera vez que supe que había un país en guerra en el mundo, lloré. Rota la inocencia, llegó la decepción, la impotencia y una llama de inconformismo. ¿Qué podía hacer yo? ¿No han aprendido los adultos? ¿Cómo es posible?, preguntaba y como respuesta, mi bisabuela me decía: ¡Nuri, nadie escarmienta en cabeza ajena!.

Y la historia se repite y se repite. Y nos llegó a parecer un vídeo juego.

Hace unos años estudiando para mi tesis, me vi inmersa en una curiosa historia del mundo: época tras época, año por año, el texto describía lo que había ocurrido en el mundo conocido en las diversas localizaciones simultáneamente, desde que el hombre era “proyecto de hombre” hasta nuestros días. ¡Qué tristeza sentía! Había muchísimas más páginas de guerras y conflictos que años de paz.

Lo que no te mata, te hace más fuerte”, vaya frase. Todo nos hace crecer, es innegable, pero por favor, pensemos en los niños, en los que vienen detrás, y en nosotros mismos.

La paz merece la pena. Ideas encontradas, filosofías distintas… todos deseamos, en el fondo, que el mundo sea mejor, pero algunos, viven como si tras ellos no fuera a existir nada, o como si tuvieran derechos sobre los demás. Atribuirse facetas que no nos corresponden, suele traer graves consecuencias.

La guerra más dura debería sólo estar en el corazón de cada ser humano que intenta ser mejor.

Una de las guerras más duras ya se produce cada milisegundo en nuestro cuerpo: las batallas diarias por vivir, por estar aquí, por volver a respirar. Nuestro cuerpo está continuamente alerta, luchando, defendiéndonos de errores, de otros seres que quieren vivir a costa nuestra en nuestro interior, o usar nuestros mecanismos de vida en su favor. No es muy diferente a lo que ocurre a nivel social, pues en todos los niveles de manifestación o de organización orgánica o social se cumplen las mismas leyes.

Pues todo lo existente desea seguir viviendo, aunque no nos guste, aunque no lo aceptemos, aunque incluso nos parezca monstruoso.

Por ello mantén la paz, en lo que puedas, a tu alrededor. Haz porque haya paz, respeto, compresión. Sonríe. Trabaja y vive por la paz… para así, minimizar la guerra.

Cuida de tu cuerpo y de tu mente. Cuida lo que entra y lo que sale: palabras, pensamientos, actitudes, comportamientos. Cuida tu alimentación y el aire que respiras. Alimenta sólo lo elevado, así lo inferior se debilitará.

Haz un ejercicio de valor y de imaginación, e intenta comprender a tu enemigo. Ya sé. Se te corroe el alma. Se aprietan los dientes y se cierran los puños. Lo sé. Dicen los grandes estrategas que un enemigo enseña más que un amigo. La paz también es defensa. La paz es reclamar lo que como ser humano nos corresponde. La paz es mantener nuestros límites de protección.

Aún incluso cuando tu enemigo sea un cáncer, piensa: sólo hace lo que harías tú: intentar vivir. Claro que no está en el sitio adecuado ni sabe el perjuicio que te está causando, ni en realidad sabe el perjuicio que se causa a sí mismo dañándote a ti. Podemos trabajar en ese sentido y ayudar a que el enemigo se debilite. La paz, como nos han mostrado siempre los sabios, requiere sacrificios.

La paz también requiere alianzas para que la paz se fortalezca. No creamos que solos podemos con todo. La paz, como la vida, es un ejercicio elevado de humanidad.

¿Hay algo de nosotros mismos que debamos modificar?

¿Envidias, celos, afán de poder, altivez, orgullo, avaricia, miedo, inseguridad, parasitamos a otros, nos aprovechamos de la debilidad de otros, nos saboteamos a nosotros mismos?

La paz empieza por cada uno de nosotros. Seamos gérmenes de paz, incluso en la tempestad. La paz no es un estado inamovible. Nada en la vida está inmóvil, fijo o estático. Cuando observamos el mar en calma. ¿Es cierto? ¿Está quieto?

Lo único que existe es el cambio, el movimiento, la evolución. Evolución que puede tomar diferentes sentidos y que, en gran medida, depende de nosotros como individuos y como sociedad.

Si cada uno de nosotros hacemos por ser mejores personas, por hacer que nuestro entorno sea lo mejor y más feliz posible, seremos contagiosos, y podremos crear una pandemia de paz y de felicidad.

¡Vacúnate contra el desánimo!. Revitaliza y alegra tu corazón, recarga tu luz, templa tu coraje, saca brillo a la valentía.

Seamos gérmenes de paz, de respeto, de amor. El mundo puede cambiar. Podemos cambiar el mundo.

Y que nada ni nadie nos robe nuestros sueños.

Salud.

 

Sábado, 22 de octubre de 2011

 

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