El día en que la Vida te sorprende
Una Historia de Solsticio – Navidad – Adviento 2025
Queridos biloberos y biloberas:
Como ya es tradición, cada día, desde el 1 hasta el solsticio de invierno, hemos publicado una historia por partes. Ya está finalizada y ¡tiene título!. Aquí tienes la historia completa, así como enlaces a las plataformas de podcast y YouTube. Es parte del programa La Vida Biloba.
Esperamos que la disfrutes, la compartas y la hagas vivir en más personas.
Muy Feliz Navidad, Feliz Solsticio de Invierno 2025.
Dra. Nuria Lorite Ayán
Parte 1
El autobús hacia la ciudad pasaba en veinte minutos. Iba muy bien de tiempo, caminando, a buen paso, en 3 minutos estaría en la parada sin problemas. Había preparado la ropa más adecuada para las circunstancias, las botas, el móvil, la cartera y poco más, todo ello, con esa antelación que ofrece tranquilidad ante un evento difícil de afrontar.
El armario estaba cerrado, dispuso su mano derecha en el lateral izquierdo de la puerta y la empujó levemente. Necesitaba llevarse un documento que estaba allí dentro, en el segundo cajón. La puerta se movió, no obstante, percibió cierta resistencia, y cuando estaba abierta por la mitad, se bloqueó. «Se habrá salido del raíl», pensó, ya que normalmente solía abrirla con cierta rapidez, quizá brusquedad porque solía sonar el golpe del tope de la puerta al abrirse del todo.
Se agachó con agilidad y miró bajo la puerta… Pero no, la puerta estaba perfectamente en su rail… No tenía ni la menor idea de qué ocurría…
Pasó los dedos con cuidado por debajo de la puerta por si acaso algo estaba bloqueando las ruedas que permiten su movimiento. Y allí tocó una masa no dura pero no blanda, e intentó sacarla… no pudo. Sólo encontró al retirar sus dedos algo inesperado. ¡Pelusas! Esos seres misteriosos que habitan los lugares más recónditos de las casas como monstruos abisales. «Si aquí se barre», dijo en voz alta, «¿Qué hace aquí este monstruo?». «Para monstruo», continuó, «lo que me espera hoy».
El autobús pasaba en 10 minutos.
Con fuerza volvió a empujar la puerta y la abrió lo suficiente como para tirar del segundo cajón, separar la caja azul de los móviles vintage que guardaba como tesoros y coger un documento que había dejado doblado la noche anterior. Caminó deprisa hacia la puerta de la casa, cogió las llaves que colgaban de un adorno muy convencional al lado derecho de la manilla. Abrió, salió, cerró la puerta con llave y corrió hacia las escaleras.
“Voy bien”, se dijo, mientras se tocaba el hombro izquierdo con la mano derecha donde aún llevaba las llaves.
Parte 2
Hacía tiempo que tuvo un incidente con la dichosa puerta corredera pero se le había olvidado. Entonces no puso más atención ni memoria en que el polvo y las pelusas tienen la manía de almacenarse sigilosamente en los raíles, escondidas, para mostrar su presencia en forma de atasco de la puerta el día menos pensado: cuando más prisa se tiene para sacar algo. Y eso es lo que le ocurrió.
Había caminado a paso ágil, y habiendo llegado a la parada del bus, se dispuso bajo la marquesina para resguardarse de un aguanieve que daba la bienvenida al mes de diciembre. Mientras se subía el cuello del abrigo y buscaba los guantes en los bolsillos, pensó que debería de poner más atención y no solo barrer. Definitivamente las pelusas son seres misteriosos,
El movimiento de las demás personas en la parada apuntaba a que el autobús estaba llegando. Sacó su tarjeta de la cartera y con un gesto casi instintivo se volvió a tocar el hombro izquierdo… Subió al autobús y buscó un asiento libre al lado de la ventana.
Parecía que se había hecho daño al forzar la puerta del armario. Una vieja lesión se hizo espacio en su mente.
Cuando aprendía a montar en bici, por error, se lanzó por una calle de tierra hacia abajo, sin control. Escuchaba por detrás a su padre decir gritando ¡Frena, frena!… Pero no atinaba a agarrar los frenos con sus pequeñas manos nerviosas. Poner los pies en el suelo no funcionó mucho… Bueno, un poco… Frenó contra un seto, con menos velocidad gracias a las punteras de las zapatillas y pudo girar levemente para no caer de frente. Caer, lo que se dice caer, cayó… sobre el hombro izquierdo y la cara. Una parte de la ceja izquierda con pocos pelillos era hoy día seña inequívoca de aquel trompazo. «No era un piercing», explicaba con frecuencia «es de una caída cuando aprendía a montar en bicicleta».
Se acopló en el asiento del autobús. Empezaba a quedarse dormido cuando una voz dijo: ¿Está libre?
Parte 3
Miró de reojo y asintió con la cabeza, y volvió a cerrar los ojos.
No le gustaba empezar el día de esa forma, con nervios. Ahora debía hacer un esfuerzo para acallar los pensamientos danzarines en su cabeza, así como los recuerdos saboteadores que, como en los juegos de feria, aparecen sin más para asustarte y para que los golpees y hagas desaparecer. Su mente no paraba fácilmente, más bien… difícilmente reposaba y por ello, no encontraba ese silencio interior que tanto necesitaba.
Sabía que esos recuerdos saboteadores eran secuencias a veces ligadas por los más nimios detalles que reforzaban un sentimiento o emoción común. Se había hecho daño en el hombro izquierdo y el dolor había despertado el recuerdo de aquella caída contra el seto cuando aprendía a montar en bici. Pero la cosa no quedaba ahí… Ese recuerdo tenía su propia banda sonora: unas carcajadas e insultos distorsionados, que duraron días y días… Su intrepidez fue vista como torpeza por la mayoría de la clase, y escuchar y ver cómo se mofaban dolía más que el hombro, que la cabeza y que el corte de la ceja.
Ese día llevaba un jersey verde con una banda horizontal sobre el pecho. Le gustaba porque parecía de rugby, pero era un jersey normal y corriente. Lamentablemente el jersey que tanto le gustaba pasó a formar parte de las cosas que no te atreves a tirar pero que no quieres ni ver. Cuando veía un partido y la equipación era verde y amarilla tenía que realizar triquiñuelas mentales para que la conexión neuronal no saltara a las burlas, al golpe, al dolor, a la cara asustada de su padre… Pero sin darse cuenta, se tocaba el hombro izquierdo, doliera o no. Los pensamientos enlazados son así… Para romper las cadenas de sufrimiento o de recuerdos desagradables tenemos que ser capaces de desligarlos, inutilizar esa ruta neuronal y crear otra… Sí porque si no creamos otra, vuelve a activarse esa misma secuencia.
Dado que fue consciente de que estaba sufriendo el efecto de estos pensamientos encadenados, se enfocó en el truco que estaba usando para desligarlos… Imaginaba una valla enorme más allá de la cual el pensamiento no podía pasar, volvía al día de la caída en bici y se centraba en que su padre corrió hacia donde estaba, rodeó su cara con sus manos, y dijo: «Con otra bici y más entrenamiento habrías saltado por encima del seto. ¡También te hacen falta mejores frenos y zapatillas nuevas!». Y rieron… Esa imagen, le ponía una sonrisa y apagaba lo demás.
Parte 4
Mientras los recuerdos intrusivos fastidiosos se diluían en una tenue niebla grisácea, la voz del conductor del autobús parecía tirar de su consciencia hacia la realidad.
“Estimados pasajeros: Estamos llegando al intercambiador.
Nos comunican desde la central de control que no es posible descender por los túneles hacia la planta de dársenas. Por ello, debemos realizar la última parada en el exterior. Les informamos de que esta parada es exactamente la misma que se emplea las noches de los fines de semana, por lo que solo deberán de cruzar la calle para poder acceder al intercambiador para tomar el metro u otra línea de autobús. Muchas gracias”.
Se creó un leve murmullo en el interior del autobús mientras cada persona preparaba sus cosas para salir. El sonido de los cinturones de seguridad al desabrocharlos parecía estar acompasado, como si alguien hubiera contado uno, dos y tres, ¡ahora!
Miró por la ventanilla para hacerse una idea de dónde iban a parar. Limpió el cristal con una pañuelo de papel para ver mejor, nada, no surtió efecto. No es que el cristal estuviera tan empañado, es que en la calle había una niebla densa y gris. Casi ni se veían los árboles del Parque del Oeste a cuyo lado estaban pasando. Ya no lejos parecía ver el edificio gris del intercambiador, pero estaba borroso.
Parte 5
Descendió del autobús con un poco de torpeza, al agarrarse a la pequeña barra para bajar notó de nuevo la molestia en el hombro. La gente se agolpaba en ese lado de la calle. Se escuchaban conversaciones respecto a qué habría ocurrido para que no pudieran descender los autobuses y entrar en la planta de dársenas. Lo cierto es que hacía bastante frío y cuando se entra directamente, se agradece que no sea necesario volver a ponerse el abrigo, los guantes…
Cruzó la calle al mismo ritmo que todas las demás personas y se dirigió a la entrada del intercambiador de Moncloa. La niebla era pesada y le producía un poco de escozor en los ojos. Pensó que sería por la contaminación. Al entrar, tuvo una sensación extraña, estaba algo mareado, el estómago pedía algo de comer y la cabeza un poco de descanso y moverse más despacio.
En esa época del año, el intercambiador parece un centro comercial, tiene una vida curiosa.
Tenía por costumbre tomarse unos minutos para sentarse en una de las mesas de metal, disfrutar de un café y un bocadillo pequeño de lo que fuera. Iba probando cosas. Le gustaba esa confianza que se creaba y que varias personas desconocidas se sentaran en la misma mesa a compartir un rato. Luego, cada cual seguía su camino.
«Hola, prueba hoy este bocadillo de queso con membrillo», le dijo la camarera, «¿Has visto qué lío hay hoy? No sabemos qué ha pasado pero los túneles del metro y los pasillos tienen niebla que no se sabe de dónde viene»
Parte 6
Ciertamente era bastante sorprendente que hubiera niebla en el interior del metro y en las zonas por donde pasaban los autobuses para dejar y recoger pasajeros. Pero no habían cerrado el metro. Los altavoces avisaban, con el sonido metálico característico de la megafonía, de que la neblina no implicaba ningún problema para los viajeros y de que ya se estaba disipando.
Verse, se veía. Terminó su café y el bocadillo, que resultó estar bastante rico y calmó un poco esa sensación del estómago. Se despidió de las dos personas con las que había compartido mesa y les deseó buena suerte. Mucha gente iba allí sólo a comprar lotería de navidad, y vió que hablaban sobre los décimos que habían comprado. El 17513.
Caminó hacia la entrada del metro y pasó la tarjeta por el torniquete…
«Ya no es tan torniquete», pensó, «ahora parece una entrada a una nave espacial… ni los pasos al embarque del aeropuerto son tan galácticos…». La pantalla mostró que le quedaban ocho viajes disponibles.
Parte 7
Se sabía el camino de memoria después de tantos años. Pensó en cuántas cosas se hacían en el día sin darse cuenta de que se hacían. Y esa era una de ellas. Ir hacia la izquierda, luego a la derecha y bajar al andén de la línea 3 por las escaleras mecánicas.
Solía bajar andando igualmente, era una cuestión de tiempo el hecho de usar las escaleras mecánicas. Sea que subiera o bajara: caminaba.
Resultaba extraño estar en esa neblina y respirar bien. No obstante, su cerebro estaba atento… por si acaso. «¿Por si acaso… qué?, siempre estoy alerta», dijo en voz baja.
Parte 8
Por la vía de enfrente vio entrar un tren. Dado que Moncloa era final de línea, se escuchaba el mensaje avisando de que el tren no admite viajeros y había que desalojar el tren. No sería la primera vez que había que avisar a alguien que se había quedado dormido, o a los turistas. Hay que reconocer que la comprensión de los mensajes por megafonía entraña una dificultad extra cuando no son en tu idioma. Porque aunque lo sean, en tu idioma, a veces no se entiende nada… La resonancia del lugar impide que se escuchen nítidamente.
El tren comenzó a moverse hacia el túnel, allí realizaba un cambio de vía y volvía a entrar de nuevo en la estación para recoger nuevos viajeros e iniciar la línea en sentido contrario..
Sin embargo, le pareció que el sonido del tren que entraba en su andén era un poco diferente. Miró de reojo hacia la derecha y vio que no era el mismo tren.
Parte 9
Podría ser que hubiera otro tren esperando en el túnel y por eso no volvía el mismo que había llegado. Era muy curioso, diferente a los habituales.
Las puertas se abrieron. Había dentro también algo de neblina que se movía como si fuera agua dentro de una botella. Parecía que la inercia del frenado habría creado pequeñas olas y remolinos de neblina. No tenía la certeza de si cambiaba de color gris, azul claro… o era una ilusión óptica.
Se sentó en uno de los lugares libres que quedaban. Le gustaba esa posición porque podía leer bien los carteles con los nombres de las estaciones y, al mismo tiempo, el panel luminoso del vagón.
La mujer que estaba sentada enfrente sonrió. Era una de las que estaba sentada en su mesa cuando se tomó el café, de las que habían comprado lotería. Devolvió la sonrisa.
Parte 10
«Pero, ¿cómo me he podido confundir?», se dijo. No era la primera vez que si iba muy rápido y sin pensar se metía en otra línea por error. En este caso, tenía la certeza de que había cogido la línea 3.
Sin embargo, esa estación en la que entraban… no parecía Argüelles. Se empezó a inquietar, no quería llegar tarde. Se levantó y se colocó en la puerta para salir.
Sigue. ¡Los carteles de la estación tenían escrita la palabra Sigue!
Giró la cabeza rápidamente hacia el panel del vagón, las luces no eran rojas como siempre, eran verdes y el mensaje escrito era: Sigue Sigue Sigue….
El metro no paró… Parecía que iba a parar pero no llegó a frenar.
Parte 11
Notaba que su corazón se aceleraba dentro de su pecho. Esto le hacía sentir angustia y a su cabeza empezaron a llegar imágenes de momentos en que había pasado miedo o que habían sido muy difíciles y el trote en el pecho le asustaba.
Buscó las miradas de la gente pero todos iban como si nada. La mujer que antes sonrió, hizo un gesto con la mano abierta como diciendo que se sentara en su sitio de antes, que aún estaba libre.
Sin saber bien cómo, se sentó. Recordó que en esos momentos, respirar profundamente contando uno, dos, tres, cuatro… ayudaba a calmar los nervios. «Me bajaré en la siguiente y daré la vuelta», se dijo.
Parte 12
Dirigió de nuevo su mirada al panel luminoso del vagón y vio escrito: Confía, Confía, Confía… Las palabras se deslizaban en color verde.
Miró a los otros paneles que podían verse pues los vagones estaban conectados. En todos salía el mismo mensaje: Confía, confía, confía… Pero nadie miraba los paneles. Las personas estaban igual, como si nada.
Por fin llegaron a la siguiente estación. ¡No era la que tenía que ser! y no parecía que el tren fuera a parar… En los carteles de la estación el nombre era: Confía. Era lo que leía.
No se lo podía explicar. Había visto muchas series de fenómenos extraños, y también esos programas de bromas, pero esto no tenía nada de gracia. No estaba su vida para estas bromas.
Parte 13
Sentía que se mareaba, se agachó sobre sus rodillas como cuando iba en avión y había turbulencias. Hizo lo posible por respirar despacio e inesperadamente, se dijo con voz tranquila y suave: «Sigue, Confía. Sigue, Confía. Sigue, Confía».
Para su sorpresa, se tranquilizó un poco. Al menos el corazón ya no corría a cien, no le temblaban las manos.
Notó que el tren iba algo más despacio y que entraban en otra estación. Calculó que sería Callao. Miró el panel: las luces verdes escribieron: Hoy es tu mejor día. Hoy es tu mejor día. Todos los paneles mostraban las mismas palabras, deslizándose de derecha a izquierda, sin cesar.
Parte 14
El tren sí paró en esta ocasión, las puertas del vagón se abrieron y se preparó para colocar el pie sobre el andén. Sus sentidos estaban muy despiertos. Al mover la pierna derecha para pisar sobre el andén, pudo sentir con detalle cómo todo su cuerpo se preparaba para «ese paso», para sostener su peso, cómo el pie recibía el suelo, percibía las bandas rugosas antideslizantes del borde del andén.
Sintió como si ocurriera a cámara lenta: seguidamente la pierna izquierda iniciaba el movimiento para sacar el pie del tren y colocarlo por delante del pie derecho. Notó que sus ojos se movían localizando los carteles para leer el nombre de la estación: Tu día.
El panel de la estación que normalmente anunciaba cuánto faltaba para que llegara el próximo tren, mostraba un mensaje en luces verdes: Hoy es tu día, Hoy es tu día.
Ya no pensó. Se centró en sentir su cuerpo, en sentir su mente. Observar, sin más. Se dio cuenta de que nunca había prestado esa atención y le pareció mágico. Un suspiro calmado surgió de su pecho, de su corazón,
Tuvo tiempo de mirar hacia el interior del vagón: la mujer que antes estaba sentada enfrente, le decía adiós con la mano y con una sonrisa.
Parte 15
Observó que la neblina se movía en la estación como un serpenteante río flotante que subía y bajaba hacia el techo, hacia el suelo,, por los andenes, por las vías y por los túneles. Parecía que estuviera viva.
Realizó el camino por los pasillos y las escaleras para salir a la superficie. Seguía sintiendo algo de mareo y esa sensación extraña y desconocida de conexión con el momento, con cada paso que daba..
Lo cierto es que ese día ya se lo esperaba complicado desde hacía mucho tiempo. Desde que recibió la carta y la cita de hoy. Miró el móvil. Eran las 11. Iba bien de tiempo.
Se tocó el hombro izquierdo que, de pronto, había vuelto a dar señales de su existencia con un leve latigazo de dolor perfectamente soportable.
Parte 16
Sigue, Confía. Hoy es tu día.
Le venían muy bien esas palabras. En cierto modo pensaba que lo que había pasado en el metro podría muy bien ser algo preparado especialmente para motivar a los viajeros, como un espectáculo. Las cosas no estaban bien y la gente andaba descentrada y desanimada.
La cita le había llegado por correo postal y eso, en sí, ya era poco frecuente. Hacía mucho tiempo que esperaba ese momento. Podía significar un cambio importante en su vida. No quería hacerse ilusiones.
Demasiadas veces se había emocionado con la idea de poder realizar ese giro que tanto deseaba y se había chafado todo. Fuera porque las personas con las que estaba no tenían los mismos valores, fuera porque la propuesta era para un tiempo demasiado corto y no daba tiempo a construir nada.
Sin darse cuenta, había caminado por las calles como si supiera de memoria el camino. Se detuvo y miró hacia atrás. No recordaba haber pasado por delante de aquel teatro que veía unos metros más allá. Ni siquiera recordaba haberse cruzado con nadie y no es que no hubiera personas transitando. Ni el tráfico lo había escuchado. Hasta ahora.
«Has llegado a tu destino», se dijo, imitando la voz del navegador del coche.
Parte 17
Al entrar en el portal 21, se paró. Era un portal con el techo muy alto. La decoración parecía un jardín, con las paredes y los techos pintados con vegetación, flores, cielos, en colores suaves. Cinco escalones en color verde oscuro, brillaban jaspeados como si nunca nadie los hubiera pisado.
«¿Quién limpiará aquí?, esto es difícil de cuidar». dijo. No había nadie, no esperaba respuesta. Había aprendido a valorar el trabajo de todas las personas.
Sacó la tarjeta de la cita para verificar a dónde tenía que ir. Piso 17. Pasillo 5. Puerta 13.
La verdad es que no le gustaban nada esos edificios. Esos pasillos tan laberínticos, con tantos giros y tantas puertas, todas iguales, a un lado y al otro, le parecían sofocantes. Pensaba que si ocurriera algo, ¿cómo saldría corriendo? Miró instintivamente el móvil y abrió la aplicación de los mapas… Desafortunadamente allí no había buena cobertura.
Parte 18
«¡Qué tontería!» dijo para sí al darse cuenta de que esperaba que la app de mapas le mostrara el laberinto de pasillos, pero no… claro, era un edificio antiguo de oficinas. Paredes de color gris verdoso, puertas verde oscuro. El suelo de los pasillos estaba perfectamente tapizado con moqueta en un tono tierra u ocre, con unas líneas longitudinales plateadas a los lados.
Le recordó a las pistas de atletismo donde entrenaba en los años de universidad, en el campus.
Allí estaba, frente a la puerta 13. No se había cruzado con nadie. Escuchaba el zumbido de los fluorescentes, y lo que parecía un aspirador.
Respiró hondo, sacó la tarjeta que le había llegado por correo. Pulsó lo que creyó era el timbre y esperó.
La puerta se abrió levemente, y una luz cálida que contrastaba con el pasillo, inundó su cara.
Parte 19
Entró despacio pero con decisión. La sala era increíblemente bonita. En tonos marrones, dorados y negro, parecía encontrarse en una sala de museo.
Vitrinas acristaladas mostraban piezas antiguas muy variadas. Vasijas, platos, bustos, pequeños cuadros delicadamente enmarcados, libros abiertos donde se distinguían ilustraciones en llamativos colores. Su mirada se dirigió al fondo de la estancia.
«Pasa», escuchó.
Parte 20
Se sentó. Estuvieron hablando bastante tiempo. La conversación fue interesante. Pudo explicar en detalle su proyecto y, para su sorpresa, no tardó en recibir la aprobación. Y una pregunta muy importante: ¿Qué necesitas para comenzar? Nosotros estamos deseando ayudarte a desarrollar tu proyecto.
No se lo podía creer. Había estado temiendo esa reunión días y días. Los nervios le habían cerrado el estómago. El día que pensaba iba a ser el más difícil, resultó fluir como un patín de hielo recién afilado. El monstruo al que creía que iba a enfrentarse eran sus propios miedos e inseguridades.
Se despidieron con afecto como si se conocieran desde hacía mucho tiempo. Cuando estaba a punto de salir de nuevo por la puerta, escuchó que desde el otro lado de la sala, sorteando las vitrinas, unas palabras resonaban con delicadeza.
Sigue, Confía. Hoy es tu día.
¿Casualidad?
Salió a la calle con una sensación de plenitud irreconocible. Se sentía flotar, feliz. La confianza reconfortaba su corazón. Hacía mucho muchísimo tiempo que no sonreía con esperanza.
Parte 21 y final
Pasó por delante de un café, a través de la cristalera vió una mesa vacía, un entorno acogedor y decidió entrar. El café humeante reconfortaba con su aroma. Escuchó a unas personas en la mesa contigua hablar del problema del metro en esa mañana, que estaba cerrado desde primera hora.
– «Perdona, ¿qué líneas están cerradas? Tengo que volver a Moncloa…», comentó
– «La línea 3, lleva cerrada todo el día, esta mañana no abrió. Según dicen y, ha salido en las noticias», explicaban mientras le mostraban las noticias en el móvil–, «una niebla que no saben de dónde ha surgido, llena todos los túneles y las estaciones. Por eso no abrieron el intercambiador. Los autobuses no podían entrar, ni los pasajeros tampoco.»
– «No puede ser. Si yo he entrado y he cogido el metro en Moncloa, he visto la niebla, la megafonía decía que no era ningún problema, aunque las estaciones tenían otros nombres», explicó con cierto nerviosismo, «pensé que sería algún cambio por Navidad».
– «Pues no sé qué decirte… Yo intenté también entrar y estaba completamente cerrado».
Se levantó sin tomarse el café, volvió a la calle y caminó a la estación de metro por la que había llegado. Estaba cerrada. Una persona de seguridad indicaba a la gente que tomaran un autobús especial. Preguntó desde cuándo estaba la línea cerrada. «Desde anoche, la línea 3 no ha abierto, no sabemos cuándo abrirá».
No entendía nada. Fue a la parada de autobús, se subió en el primero que llegó y pasó su bono por el lector. Nueve viajes disponibles. Esta mañana tenía nueve, al pasar quedaban ocho. Preguntó al conductor si le podía decir si el bono lo había usado hoy. «Este bono se usó ayer por última vez…»
«No puede ser». Se sentó en un asiento libre al lado de la ventanilla. Apoyó la cabeza hacia la derecha en el cristal.
Recordó la gente con la que desayunó, la fila de quienes esperaban a comprar lotería… cuando entró en el andén, la niebla y…
Las puertas del autobús se cerraron, e inició la marcha. Una neblina comenzó a aparecer a sus pies, miró alrededor, las caras de las demás personas no parecían asustarse, los cristales parecían empañados, nadie hablaba. Una mujer, sentada enfrente saludó con una sonrisa. Recordaba esa cara.
Limpió el cristal con un pañuelo de papel para ver mejor, nada, no surtió efecto. No es que el cristal estuviera tan empañado, es que en la calle había una niebla densa y gris. Casi ni se veían los árboles del Parque del Oeste, a cuyo lado estaban pasando. Ya no lejos parecía ver el edificio gris del intercambiador, pero estaba borroso.
El indicador luminoso del interior del autobús mostraba un mensaje con luces verdes, las palabras fluían de derecha a izquierda y decían: Hoy es tu día. Confía. Sigue.
Feliz Solsticio, Feliz Navidad 2025
Gracias
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© Nuria Lorite Ayán
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