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Corazón que florece


Hoy estoy triste y rabiosa y con ganas de llorar.

Hoy por fin rompí los lazos de palabra y toda comunicación con quien durante años había conseguido paulatinamente borrarme de mí misma.

Hoy he escrito con mis manos en el aire, y gritado decenas de veces: “¡libre, libre, libre!”.

Hoy he caído al suelo de rodillas, agotada. Con la garganta vacía, y un tambor en el pecho, deseando que el suelo como tierra protectora me abrazara y susurrara: “tranquila, todo está bien”.

He visto mi reflejo, demacrada yo, en el cristal de la terraza con la noche al otro lado.

Me me mirado las manos de un lado, de otro.

El miedo ha temblado en mí recordando su voz, su cara desencajada, su burla, sus excusas, silencios, sus robos de aliento y de mi esfuerzo, su presión. Distorsionadas palabras y risas que mi cerebro no quería escuchar.

Hoy no me he metido en la cama.

He buscado un vestido, el armario se me hacía extraño. Hace tiempo que me da todo igual.

María 

He llamado a María y le he dicho la verdad: “No sé qué ponerme. No sé qué hacer”. Hace tantos años que me olvidé de mí.

María ha venido y me ha preparado la ropa. “Este vestido no”, me ha dicho.

Ha maquillado tres veces mis lágrimas y peinado despacio con mimo mi pelo que creció a la sombra del olvido.

María ha subido la cremallera de las botas que siempre me gustaban, porque yo no tenía fuerzas. Me he dejado llevar. La miraba, ebria de asombro, desconectada. Ella, no me decía nada. Solo sonreía.

Hoy he salido a la calle y el aire olía diferente. Olía a vida, olía fresco, olía a amplitud.

María me ha llevado del brazo. Por las calles que mi ilusión de antes recordaba. Sonreía y me miraba y yo… yo solo respiraba.

“Ya hemos llegado”, me ha dicho.

Flores blancas 

Había muchas personas, creía reconocer a algunas; a la mayoría, no. Estaban en pie y se separaban cuando María les hacía una señal. No se reían de mí, no me acusaban, no me amenazaban.

“Siéntate aquí”, me dijo María.

Me senté.

Todas las personas frente a mí, aún en silencio comenzaron a mostrar flores blancas. Del techo caían pétalos de todos los colores y el suelo se hizo una alfombra dulce.

Una a una frente a mí, se dieron las manos unas a otras en una cadena silenciosa hasta que María recibió una mano y, la otra, me la dio a mí.

Sentí un latigazo de amor que había olvidado, una luz inmensa, una protección invisible, un abrigo de paz.

Todas las sonrisas borraron mi tristeza, mi rabia, mi miedo. Escuché un golpe que llenó toda la sala y el suelo resonó hueco. Y supe que mi vida empezaba de nuevo.

Yo soy

Yo soy yo, soy tú, soy ellas, soy las innumerables innombrables, las ocultadas, relegadas, recluidas. Soy las invisibles en las casas y en las reuniones. Soy las que crean los caminos del agua y del cariño. Soy los surcos en las caras y en las tierras. Las tormentas y las calmas.

Soy los frutos que nacen, que alimentan, que endulzan.

Soy las que crean mejores mundos en sus mentes y sus libros.

Soy todas las que corren para no llegar tarde a la fiesta de estar vivas.

Soy el corazón que florece de nuevo.

Soy. Por ti. Gracias.

 


Dedicado:

A todas ellas en el mundo que vivimos. Ellas son nosotras, son nosotros. Todxs podemos ser María.

 

Dra. Nuria Lorite Ayán

 

 

(No demos por hecho que no hacemos falta. No demos por hecho que se sale sola o que el tiempo lo cura todo. El aislamiento y la soledad pueden ser fruto de no poder o no saber cómo pedir ayuda. La amistad, un entorno seguro que no juzgue, una ayuda terapéutica son importantes para reconducir la vida y florecer en el corazón.)

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