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“Hubo un tiempo en que me sentía llena de fuerza y de vitalidad, de energía, de ilusión.

(Así empieza esta historia que hoy te cuento).

Hubo un tiempo de mi vida en que pensaba que tenía el poder de cumplir mi misión y era plena la confianza en que hacía lo correcto.

Y ¿qué era lo correcto? Lo que estaba bien, lo que flotaba por encima de la naturaleza básica y humana y permitía que la mente-espíritu vivieran más allá de prejuicios, de banalidades, del dolor. El impulso surgía de ese lugar de mi mente en que se podía perdonar y el perdonado cambiaría, porque las promesas, se cumplen.

Hubo un tiempo en el que confié a ojos cerrados en que el amor incondicional es la base más elevada y el signo más poderoso que llevamos esculpido en el código de nuestro ser, moviéndonos en este mundo.

Amaba sin condiciones. Y me sentía feliz. Cumplía mi misión, una que no era de este mundo. A veces, flaqueaban las fuerzas y las alas pesaban como una mochila cargada con la mofa de los dioses. Las dudas herían mi corazón y señales aparecían acá y allá. Pero una vez más, la esperanza y el saber del deber cumplido tomaban el timón responsablemente, viviendo cual heroína aislada en un mundo hostil separada de los suyos. Sin embargo en esta ocasión, se produjo un cambio.

Sola

Sola. Me sentía sola. En un cráter oscuro y frío, profundo, ruidoso, tanto que aturdía mis sentidos, y me desorientaba.

Más mentiras aquí, compromisos rotos allá. Evidencias por todas partes: mensajes, llamadas, llaves, pérdidas, mensajes, olvidos, ausencias, gritos, miradas y movimientos violentos, control, salidas, miradas y palabras de supuestos amigos, no pronunciadas…

Mi espada tocaba el suelo como una prolongación de mí desde mis brazos caídos, los hombros encogidos cual coraza de una respiración debilitada y ansiosa, mi escudo tirado en el suelo de mi vida, donde finalmente, agotada y confusa me tiraba mirando al cielo, la espalda fría queriendo hundirme o desaparecer unos segundos, clamando por respuestas, o al menos… por una luz que pudiera seguir. Un charco de lágrimas mojaba mi pelo, yo limpiaba la evidencia de mi dolor.

El diablo tenía una corte fiel.

Aliado con su historia y su sonrisa manipuladora, con sus amenazas, sus engaños, saboteó los lazos de mi vida. Yo no era yo.

“Estás loca. Te lo inventas tú. ¿Cómo crees que yo podría…?”

Tantas veces escuché frases que decidí cerrar el corazón. Y a partir de un momento, repetido varias veces en mi vida, me veía en la disposición de estar mirando a un abismo donde podía caer por un minúsculo mal movimiento.

Yo, el refugio; yo, la tabla de salvación; yo, el teatro inventado. Yo, utilizada. Yo, aislada. Yo, maltratada. Yo, manipulada. Yo, ignorada. Yo, despreciada.

Yo.

Desaparecida.

En algún momento, que no recuerdo, se cortó mi conexión, la mía, la interior, conmigo misma. Silencio. Silencio frío. Pasaba el tiempo, meses, obligaciones, años. Y solo esperaba… algo… algo que me pudiera servir. No podía echar al diablo de casa empujándole sin más.

La espera calculada

Yo necesitaba un hecho irrefutable, algo exterior irrebatible para no perder más fuerzas. Esperaba el momento oportuno.

Tirada sin fuerzas en la cama rodeada de oscuridad, habitada por oscuridad, grité en voz baja desde el fondo más profundo de mi corazón, donde aún mimaba una ínfima luz de esperanza. Grité entre lágrimas, con gran dolor y muy bajito: “¡Por favor, quitádmelo de encima! No puedo más. No soy capaz”.

Pedí desde la isla del desamparo y la soledad, confiando en que alguien escuchara y así, quizá, solo quizá, yo no estuviera tan sola como estaba. Y llorando la pena de no estar ya suficientemente fuerte, de haber fracasado, sintiéndome culpable, me dormí, escuchando de fondo una televisión que otro veía.

A los pocos días, una llamada de un número que no estaba en mi agenda, una llamada que no tenía por qué contestar.

Mientras miraba la pantalla del móvil, escuché en mí: ¡Cógelo! Y así lo hice, parando en seco lo que estaba hablando delante de un grupo de personas que me miraban sorprendidas mientras me levantaba, les daba un descanso y me iba al fondo de la sala de reuniones. Los pasos de mis tacones sonaban menos que el tambor de mi corazón.

Esa llamada fue la respuesta a mi petición, la respuesta con la certeza de que no estamos solas, de que la magia o las concurrencias del universo ocurren cuando nos prestamos a ello y nos disponemos despiertas y abiertas, activamente esperanzadas. Casi siempre nos dejamos alcanzar por esta magia de concurrencia de eventos en momentos desesperados.

La ayuda seguramente siempre estuvo allí, en cada decepción, en cada lágrima, en cada desgarro del cordón que une la cordura y la heroicidad, permitiendo después que no hubiera marcha atrás.

Me pregunto muchas veces si hubiera podido terminar todo antes, la respuesta no es certera.

Con el tiempo, he concluido que pesan los años de educación desafortunada, las decepciones cuando no hay respuesta al pedir ayuda como puedes para no levantar sospechas. Pesa el dolor de los puentes rotos porque él y la sociedad han creado la situación en la que tú no tienes nada que decir. Pesan, construyen dudas y confusión esos: “No será para tanto, será cosa tuya”, incluso esas dudas sobre tus habilidades y tu inteligencia que provienen destructoras incluso de seres “queridos”.

Superar

Finalmente, se fue. Entre fingimientos y aspavientos.

Tristemente, con su marcha comenzó otra lucha con otra trascendencia en la distancia: La de su orgullo herido.

Superé paulatinamente los más de treinta mensajes y llamadas casi seguidos diarios. Me tapaba los oídos, quitaba el sonido del móvil, la vibración. Llamadas de auxilio al borde de su desesperación. El tono que cambiaba de lastimeros “por favor, perdóname, me he confundido” a agresivas amenazas y descalificaciones.

Superé amenazas contra mi vida, mi familia, superé los hipos y el llanto desbordante en la comisaría de policía, la soledad en los juicios, el desamparo, las noches durmiendo en el suelo al lado de la cama de mi hijo, las sesiones de terapia poniendo en una mesa toda la vida rota, las manos, la mirada y la voz temblorosa.

No olvido el terror de estar a unos metros de distancia, o de tan sólo saber que puede estar cerca. Aún recuerdo el enorme esfuerzo y costo para mí de encarar su mirada, de sostenerme en pensar no me va a dañar más y de darme instintivamente la vuelta, irme más lejos, darle la espalda.

Recuerdo con alivio y agradecimiento inmensos el momento en que alguien que no me conoce, me coge de las manos, me sienta en una pequeña sala, con una sencilla mesa y tras hacerme unas preguntas, me cuenta mi vida. Aquella mujer me sonreía, no me juzgaba, me creía, sabía lo que me ocurría y lo que había vivido. Alguien con muchos años de profesión detrás, sujetó mi espada y mi escudo y me ayudó a liberarme de mi carga. Me ayudó a ver lo que había ocurrido: ¡sí que había ocurrido!. Creó un círculo de protección, activó las acciones necesarias y me supe protegida. Comenzaba mi recuperación.

Han pasado unos años, pero existe un temblor que me hace superviviente y más fuerte. Conozco el camino de salida. Mis caídas y lágrimas ayudan a otras mujeres, aunque incluso, ellas no lo sepan. No siempre tenemos nombres. Existen ayudas anónimas, historias anónimas, heroínas anónimas… muchísimas.

Me dolió perdonar a quien viendo no me ayudó; a quién escuchándome no me creyó.

Me costó mucho tiempo comprender que no era yo culpable.

Me costó mucho tiempo darme cuenta de que yo sí existía, de que yo era y soy valiosa.

Sé que tengo una misión: es mi vida y es imparable.

Yo, viva. Renacida.”

(De la serie La Búsqueda de Jade)

Con amor y esperanza

Dra. Nuria Lorite-Ayán

 

PD: Si crees que alguien necesita ayuda infórmate para ayudar mejor. Si tú necesitas ayuda, no estás sola. Si crees que podemos ayudarte, escríbenos.

Más de 30 años de experiencia y ayuda a la mujer en todas las etapas de la vida.

25 de noviembre de 2021

Día internacional contra la violencia hacia las mujeres.

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