¿Empieza el Parkinson en el intestino? Un descubrimiento que ratifica el conocimiento de medicina biológica y tradicional.

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Tradicionalmente se ha contemplado la relación entre el intestino y el cerebro. La relación puede exponerse de muchas formas, desde la tradición occidental y los sistemas Detox de la balnearia (cuerpo limpio, mente clara) hasta las tradiciones orientales que conectan intestino (delgado y grueso) con hígado y cerebro mediante ramas internas de los meridianos asociados. Así como la relación de cada Órgano con aspectos mentales. El Parkinson según la medicina china es Viento interno, causado posiblemente según varios síndromes. Entre ellos Tan-Calor que obstruye la conexión con el cerebro; insuficiencia de yin de Hígado, insuficiencia de Sangre de Hígado, Exceso de Fuego de Hígado. La implicación de Corazón es clara y evidente en tanto en cuanto alberga el Shen. La relación intestino – cerebro se ha contemplado igualmente desde los paradigmas de la medicina biológica. 

Estudios muestran que incluso el Alzheimer en ratas se alivia disolviendo el aspecto mucoso de estructuras en el cerebro (Tan). El Parkinson es bien interesante esta idea de coincidencia, pues tanto insuficiencia de yin / Sangre de Hígado, como exceso de Calor pueden “desecar” el intestino, impidiendo su movimiento y por ello, su peristaltismo normal, con manifestación de estreñimiento.

Si no olvidamos que todos estos síndromes de Hígado se crean sobre una base de estancamiento de Qi de Hígado, comprendemos que la bilis no será fluida, no será liberada adecuadamente por la vesícula, por ello no facilitará el peristaltismo; además de que el propio Qi de intestino se estanca, ralentizado el movimiento. Y comprendemos que muchos casos de Parkinson surgen ante un evento fuertemente estresante, y se calman cuando hay una serenidad y calma mental. He visto varios casos de temblores parar cuando “la mente para en calma consciente”.

Mientras la terapia con ultrasonido llegue a todos, podemos ayudar de modo integral. Espero que disfrutéis de este artículo publicado en Scientific American.

Dra. Nuria Lorite Ayán

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